Nunca me ha gustado ser princesa
Nunca me gustó ser princesa…
Empezaba hace años uno de mis escritos con una frase: Ese reloj vital que marca las horas…
La vida es una constante de sacudidas, a veces son tan fuertes que debilitan el alma, y hay tantos problemas que nos pueden acontecer que no sabemos ni cómo abordarlos. Los gurús y maestros de ahora nos advierten de estos fenómenos, todos sirven para crecimiento personal, todos pasan por un bien mayor…
¿Y es verdad que el universo tiene preparado algo mejor para mi?
No, yo creo que el dolor a veces hay que pasarlo porque forma parte de la propia vida, enfermedades que conducen a miedos, ansiedades ante la incertidumbre de tu realidad, mil asuntos que hacen que en ese camino de rosas caigan todos sus pétalos, dejando solo las espinas... Pero el sufrimiento… El sufrimiento es algo opcional.
Nunca me ha gustado ser princesa, he preferido ser bruja, pero no de las de sortilegios camuflados de amabilidad para ganarse la atención de un apuesto príncipe, no. Soy bruja de calderos repletos de amor para quien quiere, de las que invoca el aire para que se lleve lo negativo, la que le pide al agua que se lleve mis tristezas y le pide al fuego que purifique a mi gente, la que pide a la Tierra que enraíce mi amor propio, el que fui agotando con los años y las vivencias, la que prefiere el olvido… antes que el castigo.
No me gusta ser princesa, me gusta andar descalza, y susurrarle al viento, me gusta reír y cantar, abrazar a los árboles, ser imprevisible, impulsiva y desafiante, pizpireta, niña y mujer, me gusta ser yo misma la de hoy, la de mucho antes… No me gusta ser princesa.
Dedicada a mi tribu, mi mayor legado… Os quiero.
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